Aunque desde hace seis meses tenemos una presidenta con A, la realidad es que quien todavía manda es un ex presidente con E. Y este no es un comentario misógino, ni es machismo, ni es violencia de género. La realidad es que todos los ex mandatarios, al cierto tiempo de llegar al poder, daban un manotazo sobre el escritorio del despacho principal del Palacio Nacional -antes en Los Pinos- y se deslindaban o alejaban de sus antecesores.
Lo hicieron todos y cada uno de ellos. Eran hombres, sí, pero el cargo es el mismo, y los poderes que conllevan, son inmensos. Sin embargo, nuestra actual presidenta no ha podido llenar el vacío de poder que dejó su antecesor y fundador del movimiento político que la llevó a la titularidad del Poder Ejecutivo Federal. AMLO, en cambio, gobernó desde seis meses antes, cuando Peña Nieto cedió todo lo que el tabasqueño quisiera, mientras éste último le garantizara un pacto de impunidad transexenal.
Por ejemplo, así anunció, sin ser presidente constitucional -todavía era electo-, que cancelaría la construcción del Aeropuerto de Texcoco, que ya tenía proyecto ejecutivo, un ganador de la licitación y hasta parte de los cimientos. La historia todos la conocemos. Su capricho salió carísimo, y el AIFA, que edificó después, de la mano de los militares en la Base Aérea de Santa Lucía, sigue sin despegar, porque es una empresa pública mal planeada e ineficiente.
Antes, Peña Nieto se había deslindado de Felipe Calderón, al no continuar con su guerra contra el narcotráfico. En tanto que Felipe Calderón se desmarcó, en su momento, de Vicente Fox, al lanzarse como candidato presidencial del PAN, sin el aval o el consentimiento del ranchero guanajuatense. Y así todos los demás. Zedillo se desligó de Salinas, a quien supuestamente persiguió, metiendo a la cárcel a su hermano Raúl. Mientras que Salinas se desmarcó de Miguel de la Madrid, metiendo a prisión al líder sindical La Quina. Y así podríamos seguir, sexenio por sexenio.
Excepto en el actual, en el que la presidenta con A no ha podido brillar a plenitud, con luz propia, porque el tabasqueño le impuso a medio gabinete y le dejó cuñas en el partido Morena, entre ellas a su hijo, el cual -aunque carece de su carisma y talento político-, quiere que también sea mandatario nacional en 2030. Además, AMLO se dejó a sí mismo un seguro de vida para la posteridad, ya que impulsó la revocación de mandato.
Así que, al todavía controlar a la mayoría de los partidos que conforman la mal llamada “cuarta transformación”, podría quitar del cargo a Sheinbaum, con la mano en la cintura. Y es que el poder del tabasqueño es todavía tan inmenso, que, a través de sus operadores en el Congreso, como Adán Augusto López o Ricardo Monreal, ha podido parar reformas que no le gustan, como, por ejemplo, la de dotar de más dientes a la Secretaría de Seguridad Pública de García Harfuch -cercano a la presidenta-, al que, de fortalecer, podría convertirse en un serio contendiente electoral contra su hijo Andy junior.
Además de que tiene la espada de Damocles de los aranceles de Trump sobre su cabeza y de que los capos del narco están dando coletazos como fieras heridas, tras los goles en su contra -ordenados, claro, por Estados Unidos-, Sheinbaum ha querido ser prudente y buscar el momento que ella considere adecuado para salir de la sombra de su antecesor. Sin embargo, entre más se tarde la presidenta con A, más complicado será y más difícil será negociar con ellos, porque los operadores políticos del tabasqueño sabrán que ya le han tomado la medida.
A nadie conviene una mandataria débil y por eso hay que impulsarla a tomar acción, a romper inercias, a que ese mal llamado “segundo piso de la ‘4t’”, sea una vía para la concordia cívica, para la unidad nacional y para la pacificación del país. Un México para todos, pues. Y no solo sirva para que unos cuantos privilegiados se estén enriqueciendo y queden impunes, al amparo de los privilegios que les da ser amigos o aliados del mesías tropical tabasqueño.
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